augusto jose padilla

SOBRE EL JUDEO CRISTIANISMO

«Valores judeocristianos»: legitimidad, utilidad política y límites

La expresión moderna «valores judeocristianos» puede, por supuesto, poseer un significado legítimo. Judíos y cristianos comparten la creencia en un Dios personal creador, el Decálogo, determinadas convicciones morales, una concepción providencial de la historia, la responsabilidad del hombre ante Dios y una larga herencia bíblica común. Negarlo sería absurdo. Cristianos y musulmanes comparten también ciertas verdades acerca de Dios, y cristianos y filósofos paganos comparten determinadas verdades de la ley natural. Que dos tradiciones posean verdades comunes no significa que formen una única religión.
El problema comienza cuando el denominador común se convierte en sustituto de la totalidad. Entonces la «tradición judeocristiana» termina siendo una operación de sustracción. Quitamos la Trinidad porque no es común. Quitamos la Encarnación porque no es común. Quitamos la Eucaristía porque no es común. Quitamos el sacerdocio porque no es común. Quitamos la Iglesia porque no es común. Quitamos la gracia sacramental porque no es común. Quitamos incluso la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios porque no es común. Después contemplamos lo que queda —Dios, familia, ciertos mandamientos, moral pública— y anunciamos triunfalmente que hemos encontrado la esencia de la civilización judeocristiana. El procedimiento recuerda al hombre que, para encontrar aquello que un caballo y una bicicleta tienen en común, elimina del caballo todo aquello que lo hace caballo.
Lo que queda puede ser valioso; simplemente ya no es el cristianismo entero.
Por eso la fórmula adquirió enorme utilidad política durante el siglo XX. Permitía reunir a protestantes, católicos y judíos contra enemigos indudablemente reales: el antisemitismo, el nazismo, el comunismo ateo y más tarde el secularismo militante. Tal cooperación podía ser legítima y muchas veces necesaria. Pero una alianza política no crea automáticamente una unidad teológica. Franceses y británicos pudieron combatir juntos contra Hitler sin que surgiera por ello una «civilización franco-británica» capaz de borrar sus diferencias históricas. Del mismo modo, la defensa común de determinados principios morales no convierte dos religiones distintas en una sola tradición confesional.
Resulta especialmente revelador que algunos autores judíos también hayan desconfiado de la expresión. Arthur A. Cohen tituló significativamente uno de sus libros The Myth of the Judeo-Christian Tradition. Su objeción no consistía en negar toda relación histórica entre judaísmo y cristianismo, sino precisamente en rechazar la idea de que esa relación pueda transformarse sin más en identidad. En esto existe una extraña convergencia: tanto un católico preocupado por la especificidad de Cristo como un judío preocupado por la especificidad del judaísmo pueden desconfiar de una palabra que amenaza con disolver a ambos dentro de una religión civil occidental.

BIBLIA Y TRADICIÓN
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